Escultura de un noble, Antiguo Egipto
TÍTULO: Escultura de un noble
CULTURA: Antiguo Egipto
ÉPOCA: Imperio Antiguo, IV Dinastía – primera mitad V Dinastía, c. 2.625 – 2.450 a. C.
MATERIAL: Granodiorita
DIMENSIONES: 126 cm de altura y 42 cm de anchura. 170 kg de peso
PROCEDENCIA:
- Antigua colección Dr. Hans Hitzler, Bochum, norte de Alemania, formada con anterioridad al 4 de noviembre de 1944. Parte de la colección, incluida la escultura, sobrevivió a los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial, otros objetos fueron lamentablemente destruidos.
- Colección particular, Alemania, heredado en 2009 por los nietos del anterior propietario.
Descripción
TÍTULO: Escultura de un noble
CULTURA: Antiguo Egipto
ÉPOCA: Imperio Antiguo, IV Dinastía – primera mitad V Dinastía, c. 2.625 – 2.450 a. C.
MATERIAL: Granodiorita
DIMENSIONES: 126 cm de altura y 42 cm de anchura. 170 kg de peso
PROCEDENCIA:
- Antigua colección Dr. Hans Hitzler, Bochum, norte de Alemania, formada con anterioridad al 4 de noviembre de 1944. Parte de la colección, incluida la escultura, sobrevivió a los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial, otros objetos fueron lamentablemente destruidos.
- Colección particular, Alemania, heredado en 2009 por los nietos del anterior propietario.
EXHIBICIONES: Parcours des Mondes, París, 2020.
DOCUMENTACIÓN:
─ Informe de estudio sobre la antigüedad de la pieza emitido por Don Fernando Estrada Laza, egiptólogo y arquitecto. Asesor del equipo de arquitectura de Arata Isozaki (Tokio) para la organización y selección de piezas en los nuevos museos de El Cairo, NEMEC y GEM.
CONSERVACIÓN: No presenta restauraciones. Se mantiene en su estado original pues la escultura está inconcusa y su superficie se muestra erosionada. En su mitad inferior se pueden contemplar recortes modernos.
DESCRIPCIÓN:
Estatua de destacadas dimensiones, aunque algo menor que de tamaño natural, tallada en granodiorita mostrando la imagen de un hombre joven en la plenitud de su aspecto físico. La granodiorita es una roca plutónica cristalina, compuesta esencialmente por plagioclasas, feldespato blanco y hornblenda. Las principales canteras se encuentran en Asuan y en el Sinaí. Como piedra dura, ya fue utilizada desde las épocas predinásticas en pequeñas esculturas y en cabezas de mazas discoidales y periformes.
Va tocado con una peluca de rizos cortos, que aunque no se han cincelado, sin duda lo hubiese sido posteriormente, ya que este tipo de tocados, muy en boga durante el Reino Antiguo, siempre tuvieron esa particularidad. Esta falta de detallismo, tanto en el tallado de la cabeza como en la definición y vaciado del resto de partes del cuerpo de la figura, indican que no se trata de una escultura finalizada, sino que restó inconclusa por parte de los artesanos. En perfecta concordancia con la forma de hacer de los escultores egipcios, puede observarse un progresivo grado de terminación de la obra, y siempre en sentido descendente empezando por la cabeza. En la estatua es fácil comprobar que la parte superior de la cabeza y hasta media cara, se ha hecho un refino de la piedra con detalles del rostro más que insinuados.
Una característica general de la escultura egipcia fue el llamado «efecto de frontalidad», es decir, que siempre se intuye ese paralelepípedo original de piedra del que surgió la obra. Partiendo de una base común a toda creación egipcia, el dibujo de la figura a representar se perfilaba en cada cara del bloque, tal como se veía desde cada lado, y el escultor iba paulatinamente rebajando la piedra siguiendo las pautas del dibujo inicial. La fase final del proceso consistía en atacar los cuatro ángulos, a fin de dar la forma definitiva de bulto redondo o exento. Pese a eso, siempre quedaba ese algo que recordaba el «efecto de frontalidad», sobre todo, porque las estatuas egipcias ―cosa que no ocurrirá con la estatuaria clásica―, se crearon, en gran medida, para ser contempladas frontalmente.
En el recinto funerario del rey Djeser hay tres estatuas inacabadas, probablemente del mismo faraón osirizado, que muestran los diferentes estadios del proceso de ejecución (Fig. 1). La primera de la izquierda, muestra los primeros rebajes que ya en la central se ve un considerable avance en el trabajo. La de la derecha, aunque fragmentaria, presenta las aristas iniciales, ya redondeadas, en una visión más real anatómicamente.
Independientemente de la degradación en parte de su superficie, muestra un pronunciado estrechamiento en su parte inferior. Ello va en contra de toda lógica, habida cuenta de que precisamente esa parte debería ser más ancha que el resto, ya que todas las imágenes masculinas, en actitud de marcha, avanzan con el pie izquierdo. La escultura se habría rebajado para encajarla en una base, ahora suprimida (Fig. 2). En cualquier caso, si se adoptó tal solución, probablemente fue porque la estatua estaría muy degradada en su parte inferior.
Nunca se podrá saber a qué se debió que la estatua quedase inconclusa. No era nada usual, y más bien se puede calificar de excepcional, que un funcionario del Reino Antiguo, por alto que fuera su cargo en la administración, se pudiese permitir tener una estatua de este tamaño en piedra dura como la diorita. Las piedras, y mucho más las piedras duras, eran consideradas materiales de eternidad, y sólo tenían acceso a ellas los reyes y un número muy limitado de dignatarios o nobles cercanos a la familia real. Hubo poquísimos casos de ciudadanos, por ricos que fueran, que pudieron tener una y, de tenerla, fue de piedra caliza, más común y fácil de trabajar. Y en la IV dinastía las estatuas de piedra, lo mismo que las parcelas funerarias, siempre fueron una concesión real.
Un buen escultor sabe imprimir, antes de que su obra esté terminada, esa fuerza nada fácil de conseguir en las fases previas al pulido de la piedra. Las cuarcitas, brechas, granitos o dioritas, como en el presente caso, presentan mucha más dificultad a la hora de dotar a la estatua, concretamente a la cara, de ese carácter. Se aprecian, con relativa claridad, los arcos superciliares y los ojos, así como el trazado de la boca, algo menos definido. Los ojos brindan toda la expresión de firmeza y tranquilidad a una cara plena y con óvalo suave, siguiendo las tendencias estéticas de este periodo histórico del Reino Antiguo.
El Metropolitan Museum of Art de Nueva York alberga una estatua de la IV dinastía, proveniente de El Kab (sur de Egipto, frente a la antigua Hieracompolis), con muchas similitudes (Fig. 3). Ambas lucen idéntico tocado, si se tiene en cuenta que el detalle del trenzado en la estatua se dejaba para la fase final del tallado. También muestran la misma actitud serena, casi estática, si no fuera porque, siguiendo normas estrictas, ambas avanzan con el pie izquierdo. Los brazos en las dos imágenes, extendidos y pegados al cuerpo aumentan esa sensación de firmeza y rigidez, que se acentúa con la impresión de fuerza de las manos, empuñando algo tan frágil como un rollo de papiro o de lino: el documento (mekes) donde figuraban sus cargos y propiedades.
Una parte del cuerpo masculino característica de este periodo, en el que la fortaleza física refleja una voluntad de éxito que trasciende de lo personal a lo comunitario, y por tanto a lo político, era el torso. En esta época del Reino Antiguo, ciertas formas ayudan, por ser comunes, a una datación, por comparación. Los hombros y el pecho, así como su ángulo con el brazo, muestran las semejanzas en la forma de tratar estas partes anatómicas. De haberse terminado el rebaje de la piedra y pulido su superficie, el parecido, en cuanto al estilo, aclararía toda duda sobre la coetaneidad de ambas estatuas. Únicamente el vuelo de la peluca diferencia el tocado, mientras que el de esta estatua deja las orejas al descubierto, el de la estatua conservada en Nueva York cubre los pabellones auditivos. Se aprecia también una gran similitud en los principales rasgos faciales: arcos superciliares, trazado de la boca y ovalo del rostro, sobre todo en el tratamiento de la barbilla.
Lo más interesante de esta estatua estriba en lo excepcional de su tamaño, que podría ser el del hombre representado o acercarse al mismo. Debe resaltarse el hecho de que en las cámaras funerarias de las mastabas de la IV dinastía no se han encontrado estatuas de piedra. Sólo, y en Guiza, las llamadas «cabezas de repuesto» ―retratos realistas hechos en piedra caliza y situados al final del pozo junto a la entrada de la cámara funeraria―, representaban a tamaño casi natural al alto funcionario propietario de la tumba (Fig. 4). La única estatua, también en caliza y a tamaño natural encontrada en su tumba de Guiza, representa al arquitecto del rey Khufu, Hemiunu. Es decir, no había estatuas de piedra en estas dimensiones de particulares, y menos de piedra dura, a no ser que estuviesen vinculados, de alguna manera con la monarquía lo que, desde el punto de vista arqueológico, le da una importancia a ésta. Según la opinión de Lise Manniche, las escasas estatuas de particulares en piedra de este periodo por fuerza tuvieron que ser esculpidas en el mismo taller en el que se confeccionaban las estatuas en piedra de los reyes.
Una estatua no era un simple objeto suntuario. Las estatuas, salidas de las manos de los artesanos pasaban, por medio de un ritual mágico─religioso, a poseer una parte del ka (la esencia de la vida) del representado siempre y cuando, además, figurase en ella su nombre. Una estatua era, por lo tanto, parte consustancial del individuo para quien se había hecho. Los escultores de estatuas eran también llamados «los que hacen vivir».
BIBLIOGRAFÍA:
- ALLEN, J. P. (et. al.). Egyptian Art in the Age of the Pyramids. Metropolitan Museum of Art. 1999.
- CYRIL, A. Old Kingdom Art in Ancient Egypt. A. Tiranti. Londres. 1949.
- CYRIL, A. Some Royal Portraits of the Middle Kingdom in Ancient Egypt. Metropolitan Museum Journal, 3. 1970.
- FISCHER, Henry G. The Protodynastic Period and Old Kingdom in the Metropolitan Museum of Art. Kunst des Alten Reiches: Symposium im Deutschen Archäologischen Institut Kairo am 29 und 30 Oktober 1991. 1995.
- GAY, R. Egyptian Statues. Shire Egyptology, 26. Princes Risborough. 2001.
PARALELOS:
Fig. 1 Estatuas inacabadas del faraón Djeser. Recinto funerario de Djeser. III Dinastía, c. 2.665 a 2.645 a. C. Saqqara, Egipto.
Fig. 2 La escultura con la peana antigua de desproporcionadas dimensiones, hoy retirada.
Fig. 3 Estatua de un hombre en actitud de marcha. Cuarcita. Imperio Antiguo, Dinastía IV, c. 2.575 – 2.465 a. C. 89,5 cm de altura. Metropolitan Museum of Art, Nueva York. Inv. 62.2.
Fig. 4 Cabeza de repuesto. Caliza. IV Dinastía, reinado de Khufu, c. 2.609 – 2.584 a. C. 27,7 cm de altura. Kunsthistorisches Museum, Viena. Inv. 7787.











