Mère et fil (Évocation d’Horta d’Ebre), Picasso

TÍTULO: Mère et fil (Évocation d’Horta d’Ebre)

ÉPOCA:  1904

AUTOR: Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 1881 – Mougins, 1973)

MATERIAL: Tinta y acuarela sobre papel

DIMENSIONES: 24 x 25 cm

PRECIO:  A consultar

PROCEDENCIA:

  • Perls Galleries, New York, adquirido directamente al artista en 1937. 
  • Colección particular, Atilla Cox, Louiscille, Kentucky (EE. UU.), adquirido del anterior el 10 de Diciembre de 1937. Adjunta copia de la factura.  
  • Adquirido por descendencia de los anteriores por el actual propietario, hasta 2024. 

Descripción

TÍTULO: Mère et fil (Évocation d’Horta d’Ebre)

ÉPOCA:  1904

AUTOR: Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 1881 – Mougins, 1973)

MATERIAL: Tinta y acuarela sobre papel

DIMENSIONES: 24 x 25 cm

PRECIO:  A consultar

PROCEDENCIA:

  • Perls Galleries, New York, adquirido directamente al artista en 1937. 
  • Colección particular, Atilla Cox, Louiscille, Kentucky (EE. UU.), adquirido del anterior el 10 de Diciembre de 1937. Adjunta copia de la factura.  
  • Adquirido por descendencia de los anteriores por el actual propietario, hasta 2024. 

 

PUBLICACIONES:

  • PALAU I FABRE, J. Picasso: The Early Years 1881 – 1907. New York. 1981. n. 928. p. 336, ilustrado (fechado en 1903). 
  • ZERVOS, C. Pablo Picasso, vol. 6, Supplément aux volumes 1 à 5. Paris. 1983. n. 318 (plancha 39). (fechado en 1901).

 

DESCRIPCIÓN: 

Firmado en el ángulo superior derecho “Picasso”.

Un Pablo Picasso aún muy joven construye en esta obra una imagen serena, de estilizada belleza, protagonizada por una madre que sostiene a su hijo, sentado, en su regazo. La mujer viste una sencilla camisa amarilla y un chal azul al que la luz arranca intensos destellos blancos, al modo de los pintores manieristas. Las carnaciones son pálidas, del tono del papel; el pintor utiliza una acuarela muy aguada para modelar suavemente el rostro de la madre, su cuello y su pecho y, con un tono aún más claro, el cuerpo del niño, que queda de espaldas al espectador. Los cabellos de ambos, en cambio, están trabajados con tramas planas a pluma; a Picasso no le interesa el realismo del detalle, sino la construcción formal que sustenta la peculiar expresividad que caracteriza a esta obra. Las dos figuras se sitúan en un espacio indeterminado, que el pintor construye magistralmente con el sencillo pero radical recurso de situar una línea vertical junto a sus cabezas, sugiriendo la esquina de una habitación. La imagen aparece cortada por su parte inferior, probablemente por el propio Picasso a fin de concentrar la fuerza expresiva de la escena.

La obra se enmarca dentro del denominado periodo azul de Picasso, desarrollado entre 1901 y 1904 y dominado por una gama cromática de tonos entre azules y amoratados, de carácter trágico y tono fúnebre. Se trata de una etapa marcada por el dolor que supuso para el artista la pérdida de su gran amigo Carlos Casagemas, quien se suicidó de un disparo en un café el 17 de febrero de 1901, tras haber fallado el tiro destinado a la mujer que le había rechazado, Germaine Gargallo. El dolor del artista se traducirá en una etapa alegórica, de gran intensidad emotiva y psicológica, con obras caracterizadas formalmente por la simplificación de volúmenes y contornos y, especialmente, por la soledad de sus protagonistas, que Picasso representa aislados, en entornos imprecisos. 

El centro expresivo de esta imagen es el rostro de la mujer, representado de estricto perfil, cuyos rasgos afilados y elegantes están en la línea de los delgados personajes propios del periodo azul, aunque carece de ese aspecto demacrado que suele caracterizarlos; al contrario, aquí se sugiere una medilla redondeada y sonrosada y un cuerpo más robusto, de hombros anchos, que parece anticipar las anatomías propias de su periodo rosa inmediatamente posterior (1904/05-1906), caracterizado por un mayor vitalismo, una notable experimentación formal y una gama cromática cálida, en torno a los rosas y los ocres. El rostro es casi plano, de perfil triangular, con la frente hacia atrás, la nariz suavemente prominente y muy apuntada, los labios ligeramente proyectados hacia delante, destacados en un brillante color rojo, y un mentón también muy saliente, perfectamente redondeado. La línea de la mandíbula es recta y muy alargada, y termina en una oreja situada muy baja, pequeña y redondeada. El ojo de la mujer resulta de una especial expresividad; de forma almendrada, alargada como todo en este rostro, con un párpado pesado que ya no refleja el agotamiento de las características figuras del periodo azul sino más bien una soñolienta alegría. Queda alojado bajo una ceja fina, delicadamente curvada, y envuelto en un suave sombreado que refuerza la expresividad de la mirada. 

La figura está dotada de una belleza inquietante, una suerte de gracia sobrenatural que es característica del Picasso de estos primeros años del siglo y que está muy relacionada con la fascinación del joven pintor por la obra del Greco, cuyo Entierro del conde Orgaz tomó como referencia para pintar, en 1901, su Entierro de Casagemas. La sacralización de los personajes humildes propia de su obra de estos años se refleja especialmente en esta acuarela en la sonrisa beatífica de la mujer, un gesto convencional que parece anticipar la fascinación de Picasso por el arte románico, y que enlaza directamente esta maternidad con las Sedes Sapientiae catalanas del siglo XII (fig. 1), imágenes de la Virgen como trono simbólico de Dios, sedentes con el Niño en su regazo, sosteniéndolo con una o dos manos e inclinando ligeramente la cabeza hacia él, exactamente como ocurre en esta obra. Picasso descubrirá el románico apenas unos años después, cuando pasa el verano de 1906 en la localidad montañosa de Gósol, en un momento crucial en el cual el pintor se halla inmerso en la búsqueda del primitivismo como reacción al sentimentalismo de su periodo rosa, tal y como él mismo lo describió. En obras como la Virgen de Gósol (fig. 2), hoy en el MNAC pero entonces aún conservada in situ en la iglesia del pueblo, Picasso descubrió la capacidad del románico para representar la realidad a través de un lenguaje sintético, reducido a lo esencial y repleto de signos y símbolos, dotado a la vez de una enorme potencia visual. Este fundamental descubrimiento se unirá al del arte íbero, también en este momento, para abrir definitivamente el camino en 1907 a Las Señoritas de Avignon y el protocubismo, como se evidencia en dos bustos de mujer: el primero, pintado en Gósol (fig. 3), y el otro ya de vuelta en París, como un estudio para las Señoritas (fig. 4). En ambas obras se aprecia una novedosa solidez y monumentalidad de las formas y una concepción del rostro como máscara, aún lejos de esta Mère et fil, con la que sin embargo comparten un mismo sustrato expresivo, un hieratismo atemporal, fuera del mundo, más propio de un ser ideal que de una figura humana, acorde con el simbolismo trascendente del arte románico. 

El subtítulo de esta acuarela, Evocación de Horta del Ebro, nos da las claves simbólicas que hacen de ella una rareza dentro del periodo azul de Picasso. En 1897 el joven artista se había trasladado a Madrid para continuar sus estudios en la Academia de San Fernando, pero se vio obligado a regresar a Barcelona antes de terminar el curso, encontrándose enfermo y deprimido. Para ayudarle a salir de ese estado, su amigo Miguel Pallarés le invitará a pasar con él el verano en su pueblo natal, Horta del Ebro (hoy, Horta de Sant Joan). Picasso llega en junio de 1898 a Horta y allí descubre el campo por primera vez, tras toda una vida pasada exclusivamente en la ciudad —en Málaga, A Coruña, Barcelona y Madrid. Ambos amigos pasarán el mes de agosto en el cercano bosque de Els Ports viviendo aislados en la naturaleza, durmiendo en cuevas y dedicados únicamente a pintar y dibujar. Al trabajar solo con su amigo, sin maestros ni normas, Picasso descubre la libertad creativa y, con ella, su propio genio artístico. Años después expresará este descubrimiento afirmando: “todo lo que sé lo he aprendido en Horta”. Picasso dilatará su estancia hasta enero de 1899 y, cuando finalmente regrese a Barcelona, dará por concluida su formación académica. Las obras que realizó en este periodo son aún academicistas, pero reflejan un carácter idílico y una luminosidad que revelan su recién descubierto amor por la vida y por el arte. Palau i Fabre explicó que Horta había sido el “Paraíso perdido” de Picasso, el lugar donde se curó física y mentalmente y donde se descubrió a sí mismo como artista. Eso es precisamente lo que se aprecia en la acuarela en estudio, el recuerdo de un estado de perfecta paz y felicidad, de luz y belleza, que supone una liberación respecto al pesimismo y la melancolía que dominan estos años tristes de su vida.

La obra estaría datada entre 1901 (C. Zervos), 1903 (Palau) y 1904 (Administration Picasso). La disparidad de opiniones responde a la complejidad de la propia acuarela y, también, a la constante experimentación plástica del joven artista durante estos años. La ausencia del tono trágico del periodo azul se explica por su vinculación con Horta del Ebro, aunque muestra similitudes formales importantes con obras clave de esta etapa como La vida, de 1903 (fig. 5), donde se releja el interés del joven Picasso por la imagen de la maternidad. Durante estos años Picasso pasó dificultades económicas, por lo que se centró en la práctica del dibujo al no poder costearse lienzos y pinturas. En algunos de estos dibujos encontramos elementos muy cercanos a esta obra, como es el caso de un estudio de cabeza femenina datado entre 1902 y 1903 (fig. 6), en el que se aprecia un rostro muy similar, con el mismo detalle de la oreja pequeña y muy baja. Lo mismo ocurre con la figura femenina central de Espectadores de una corrida de toros (fig. 7), de 1903. En un boceto de retrato de la actriz Berthe Brésina (fig. 8), del mismo año, hallamos un rostro afilado de rasgos casi idénticos, aunque en este caso trabajado a base de trazos más duros, sin la elegancia ornamental de herencia modernista que aún conserva la obra en estudio.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • COWLING, E. Picasso: Style and Meaning. Phaidon. 2002.
  • EVANS, D. Picasso: Life and Art. Harper-Collins. 1993.
  • PALAU I FABRE, J. Picasso vivent. 1881-1907. Infantesa i primera Joventut del demiürg. Polígrafa. 2017.
  • VV.AA. Picasso-Románico. Museu Nacional d’Art de Catalunya. 2016.

 

PARALELOS:

Fig. 1 Virgen con Niño de Matadars, segunda mitad del s. XII. Madera tallada, con restos de policromía. Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, inv. 004392-000.

Fig. 2 Virgen de Gósol, segunda mitad del s. XII. Madera tallada y policromada. Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, inv. 015936-000.

Fig. 3 Busto de mujer joven (Fernande Olivier), Gósol, 1906. Óleo sobre lienzo. MNCARS, Madrid, inv. DE02357.

Fig. 4 Busto de mujer (Fernande Olivier), estudio para Las señoritas de Aviñón, París, 1907. Óleo sobre lienzo. Musée Picasso, Paris, inv. MP18.

Fig. 5 La vida, 1903. Óleo sobre lienzo. The Cleveland Museum of Art (EE.UU.), inv. 1945.24.

Fig. 6 Cabeza de mujer y estudios de desnudos, Barcelona, 1902-1903. Tinta y aguada sobre papel impreso. Museu Picasso, Barcelona, inv. MPB 110.488.

Fig. 7 Espectadores de una corrida de toros, Barcelona, 1903. Tinta y aguada sobre papel. Museu Picasso, Barcelona, inv. MPB 110.524.

Fig. 8 Estudio de Berthe Brésina, París, 1903. Lápiz Conté sobre papel. Museu Picasso, Barcelona, inv. MPB 110.454.